Era Gundegulfo un dragón muy serio. No devoraba ovejas, no raptaba doncellas y no se metía con nadie... pero era un dragón, eso era indiscutible. Y los dragones tienen mala fama, qué se le va a hacer. Y en la aldea próxima, ya algunos campesinos que habían detectado su presencia maquinaban la forma de eliminarle sin contemplaciones.
Mientras tanto, Gundegulfo, pasaba los días paseando por los alrededores de su cueva filosofando sobre la razón de la existencia y los misterios del universo. Y por las noches, pasaba largas horas contemplando las estrellas antes de irse a dormir.
Y cuando durante sus paseos le entraba apetito, buscaba algún buen macizo de flores y engullía unas cuantas. Porque Gundegulfo era vegetariano... esa era otra de sus rarezas. Aparte flores, también gustaba de tallos tiernos y jugosos, y de vez en cuando, mordisqueaba peras y manzanas de los árboles frutales próximos a su cueva.
Una mañana que después de desayunar, paseaba por los alrededores de su cueva oyó el galope de un caballo que se aproximaba. El sonido venía de más allá del bosque próximo. Gundegulfo aguzó el hocico, sí, el hocico; porque orejas no tenía. "Vaya -pensó Gundegulfo- diría que huele a caballero histérico...".
Entonces vio salir del bosque un jinete armado de yelmo, escudo y lanza. El jinete se dirigió directamente hacia él. Cuando estuvo a unos metros, Gundegulfo saludó:
- Buenos días tenga vuesa merced.
El caballero (que efectivamente, eso era) cuya montura había refrenado el galope al ver al dragón y avanzaba al paso, tiró de las riendas y se detuvo en seco. Y alzando la voz exclamó:
- ¡Ni buenos días ni gaitas... he venido a matarte...!
- ¿Y por qué? -contesto Gundegulfo.
- Porque eres un dragón.
- Sí, eso es obvio e indiscutible, como ya ha dicho el autor del cuento en el primer párrafo.
- No he venido a parlotear. He venido a matarte. -insistió el caballero.
- Que sí, que sí... se repite vuesa merced. Lo que pregunto es por qué motivo exactamente queréis matarme.
- Pues aparte de que eres un dragón, los aldeanos de la villa próxima (Peña Marchita por cierto), me han pagado por hacerlo.
En este momento, el caballo del caballero que atendía por Ramón (el caballo, no el caballero), decidió que la proximidad entre su fisonomía y la del dragón era demasiado próxima, así que se encabritó, clavó los cascos delanteros en la hierba y elevando violentamente la grupa hizo que el caballero aterrizara con los glúteos sobre el suelo.
Gundegulfo estuvo a punto de soltar la carcajada, pero educado como era, se mantuvo serio. Ramón (el caballo) salió disparado y se perdió en lontananza. El caballero se levantó del suelo, soltó la lanza y sacando la espada se dirigió a Gundegulfo. Éste le interrumpió:
- A todo esto... no nos han presentado. ¿Cuál es vuestro nombre?
Y el caballero contestó:
-¡Soy Rosalindo de Hamburgo y he venido a matarte!
- Pero qué manía, hombre... ¿decís que os han pagado para liquidarme?
- Sí, no lo iba a hacer gratis.
- Y... ¿Cuánto os han pagado? Si no es indiscreción. -dijo Gundegulfo.
- Doce monedas de oro -contestó Rosalindo.
- ¿Y por qué los aldeanos se gastan un dineral en mi defunción?
- Porque te temen. Devoras ovejas, raptas doncellas...
- Venga, hombre ¿de dónde sacáis esas afirmaciones?
- Porque es lo que hacen los dragones...! -bramó Rosalindo.
- Los dragones, los dragones... yo no soy "los dragones", señor mío, yo soy Gundegulfo y soy vegetariano.
Rosalindo iba a decir otra vez "He venido a matarte", pero Gundegulfo se adelantó:
-Por otra parte... ¿qué iba a hacer yo con una doncella? Las doncellas son mamíferos y yo soy un reptil.
- Dejemos las palabras -contestó Rosalindo- ¡vamos a luchar!
- Esperad, esperad, ¿doce monedas de oro, decís que os han pagado?
- Sí; eso es. ¡En guardia! -gritó Rosalindo.
- ¿Y que diríais si yo os pagase treinta por dejarme en paz?
Rosalindo bajó la espada.
- ¿Cómo? ¿Treinta monedas de oro?
- Sí, hombre, sí... -contesto Gundegulfo- Y os diré más: en el interior de la cueva hay montones de sacos llenos de monedas de oro. Propiedad que fue del anterior dragón que vivió aquí sin que nadie se enterase y que se murió el pobre de una apoplejía.
- Bueno, habría que pensarlo -dijo Rosalindo, aunque la verdad es que lo pensó poco; dejó la espada en el suelo y se quitó el yelmo.
- Y no solo eso -añadió Gundegulfo- podéis decir a los aldeanos que durante quince días pueden venir a mi cueva y llevarse, si quieren, hasta la última moneda que encuentren en su interior.
- Pero la gente de la aldea no se atreverá a venir aquí. Ya dije que te temen.
- No hay problema. Durante esos quince días yo me retiraré a la cueva de un primo mío que vive más allá de los Urales.
- ¿Los Urales...? ¿Qué es eso? -preguntó intrigado, Rosalindo.
- La contestación nos llevaría demasiado lejos -dijo Gundegulfo, y pensó "nunca mejor dicho", y añadió: ¿qué os parece mi propuesta?
- Pues me parece que los aldeanos desconfiarán y me preguntarán por qué regalas todo tu oro, ¿qué les digo?
Gundegulfo miró al cielo con aire de resignación y luego contestó:
- Decidles la verdad: que a mí el oro no me sirve para nada porque nada tengo que comprar. Yo solo quiero que no me molesten y poder seguir contemplando las estrellas todas las noches. Y que haya por aquí cerca flores y tallos blandos y jugosos.
Entonces, Rosalindo preguntó:
- ¿Y cómo vas a estar seguro de que yo, que soy ahora el único hombre que conoce tu tesoro, no voy a ocultar esto a la aldea y quedarme todo el oro para mí solo?
-Pues estoy seguro -contestó Gundegulfo- porque si en uno de mis vuelos por la zona, me entero de que has hecho eso, no vas a tener un lugar donde esconderte, porque te encontraré... durmiendo, posiblemente, y tal vez me olvide de que soy vegetariano.
- Vale, vale -respondió Rosalindo alarmado, percatándose de que por primera vez en el curso de la conversación, el dragón había abandonado el tratamiento inherente a "vuesa merced" y había cambiado a un vulgar "tuteo". Algo debía significar eso. Y añadió:
- Mañana a estas horas, este terreno verá acercarse una multitud sedienta de oro.
- Pues hale, hasta la próxima. -respondió Gundegulfo alzando el vuelo y dirigiéndose hacia los Urales - Que os lo repartáis sin demasiadas bofetadas.
Y así fue. Durante quince días los aldeanos hicieron muchos viajes desde la villa hasta la cueva del dragón y la dejaron vacía. Rosalindo se hizo cargo del reparto, y como casi todos los que "reparten", se quedó la mayor parte. Pero lo malo fue que en las inmediaciones de la cueva, no quedó una flor ni un tallo sin aplastar, por el paso de tanto caballo, mulo, asno, carros y personas.
Y cuando Gundegulfo volvió y sobrevoló su cueva, encontró todo en derredor marchito y aplastado; hasta las peras y manzanas de los árboles frutales próximos habían desaparecido, víctimas del apetito de los aldeanos. Y se dijo: "¡Qué gente, tú...!". Así que lo pensó mejor, remontó el vuelo, dio media vuelta y se fue de nuevo con su primo más allá de los Urales. Allí conoció una bonita dragoncita y decidió no volver nunca más a las tierras próximas a Peña Marchita, que en lo sucesivo se llamaría Peña Rica. Por cierto, la dragoncita también era vegetariana.
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Nota. Desde el momento en que decidí incorporar a la peana un grupo de flores, comenzó a bullir en mi mente la idea de un dragón comedor de flores, la historia de un dragón vegetariano... y ahí tenéis el resultado. :)
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La figuras son...
Gandegulfo, de Miniaturama - MTM3D
Escala sin determinar, resina.
Sí, cuando una figura me hace "gracia" y no se fabrica
en metal, también pinto en resina, qué remedio... :)
Rosalindo, de Foundry
28mm, metal.
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