Desde hace algo más de cuarenta años, vengo traspasando a figuras de plomo las influencias que libros, películas, ilustraciones e incluso "comics", han ido dejando en mí.

Las figuras que pinto, son en su mayor parte "miniaturas militares", ya que ha sido la Historia, especialmente la Antigua y Medieval, mi mayor fuente de "inspiración". Las escalas más frecuentes que utilizo, son las de 15, 25 y 28 mm. Son las mismas que utilizan los "wargamers", con los que coincido en la necesidad de representar grandes unidades en un mínimo espacio.

Los textos con que acompaño las miniaturas, en ningún caso pretenden ser exhaustivos, ni estudios sobre el período de que se trate. Sólo trato de comentar sucintamente, el ambiente (histórico o imaginario) en que se movieron las figuras representadas.

Animado por amigos y familiares, y especialmente por mi amiga Kirei (artífice además, del soporte técnico que podéis ver), me decido a mostrar públicamente parte de mi colección. Continuaré añadiendo entradas periódicamente.

Llevado de mi impenitente cinefilia, me permito en algún caso, recomendar títulos que pueden ampliar datos a los posibles interesados en los temas tratados.

Espero que os gusten "mis" figuras. Si se os ocurre hacer algún comentario, sugerencia o rectificación, no dudéis en contactarme.

Belisario, Paladín de Bizancio

Flavio Belisario (500-565), el mejor general del Imperio Bizantino.

Esta entrada consta únicamente de dos miniaturas de 28mm. Poco material para una entrada, ciertamente. Ello se debe a que habiendo pensado en principio pintar una serie de figuras de 28 mm que representasen al ejército bizantino de la época del emperador Justiniano, a poco de empezar con las dos que aquí aparecen (el general Belisario y un escolta porta-guión), me percaté de la dificultad de conseguir en este tamaño todos los tipos de combatientes que me gustaría representar, mientras que sí se encontraban fácilmente en 15mm. 

Así que pospuse la idea del ejército bizantino para más adelante, y mira tú por donde, estas dos figuras me van a servir para ilustrar unas palabras sobre el general Belisario; un pequeño homenaje al hombre que fue el mejor instrumento al servicio del emperador Justiniano para intentar cumplir el sueño de la "Recuperatio Imperii"; es decir: recuperar la parte occidental del Imperio Romano que en su época estaba en manos de los pueblos germanos. Hagamos un poco de historia:

En el año 476 la ciudad de Rávena, última capital del Imperio Romano de Occidente, había caído ante los hérulos de Odoacro, que mandó las insignias imperiales a Constantinopla, donde Zenón era entonces Emperador del Imperio Romano de Oriente, también conocido como Imperio Bizantino. En pocos años, todas las tierras occidentales que habían pertenecido a los romanos, habían caído en poder de los pueblos germánicos: Italia estaba bajo los ostrogodos, la Galia ocupada por los francos, Hispania por los visigodos, el norte de África por los vándalos, Britania por anglos, sajones y jutos...

 Así las cosas, cuando Justiniano (483-565) alcanzó la púrpura en el año 527 comenzó a acariciar la idea de recuperar aquellos territorios que un día habían pertenecido al Imperio;  pero antes debía poner orden en sus límites orientales, donde los persas sasánidas amenazaban sus fronteras. 



Para ello, llamó a nuestro protagonista, Flavio Belisario, que ya se había destacado al servicio del anterior emperador, Justino I, como componente de su guardia personal, y posteriormente al mando de la del propio Justiniano. La fecha y el lugar del nacimiento de Belisario están en discusión, pero lo más probable es que fuera en el año 500 y en la misma capital del Imperio: Constantinopla. 

En cualquier caso, el mismo año 527 Belisario era nombrado comandante de los ejércitos imperiales en las fronteras del Este, y tras tres años de campaña, obtenía la gran victoria de Daras (530) donde con 25.000 hombres se impuso a un gran ejército sasánida de más de 40.000 efectivos al mando del general Perozes. La victoria se obtuvo tanto por la genial estrategia que Belisario había diseñado como por su valor personal al frente de los "bucellari" de su guardia, cuerpo de caballería que pagaba de sus arcas particulares.

Sin embargo, al año siguiente, en la batalla junto al río Calinico se vio obligado a retroceder tras sufrir graves pérdidas; aunque consiguió mantener las ciudades de la zona bajo dominio bizantino. Justiniano echó cuentas y ante los onerosos gastos que le estaba produciendo la campaña persa, decidió firmar la que se denominó "Paz Eterna", por la que ambas partes se comprometían a respetar las fronteras establecidas. Eso sí, a costa de que Bizancio pagase un generoso tributo anual.


Belisario regresó a Constantinopla en 532 y al poco estalló en la ciudad la "Revuelta Niké", una revolución popular que pretendía destronar a Justiniano. Los partidos de los "Verdes" y los "Azules" (dos facciones de seguidores de las carreras de carros en el Hipódromo),  que siempre habían estado en desacuerdo en todo, se habían puesto de acuerdo ahora para terminar con la dinastía reinante, incluso partes del ejército los apoyaban. Belisario, al frente de su guardia  personal y el general Mundo, que acababa de volver con sus hombres de Iliria, organizaron una matanza que acabó con 30.000 personas.

Restablecida la calma, el emperador quedó muy reconocido a Belisario y remozando su sueño de la "Recuperatio Imperii", le encargó desalojar del Norte de África a los vándalos. Finalizaba el verano de 533 cuando Belisario desembarcó en Túnez con 10.000 infantes y 5.000 jinetes, dirigiéndose a la capital de los vándalos: Cartago, que caía ante los bizantinos en septiembre del mismo año.


Pero el rey de los vándalos, Gelimer, había huido con parte de sus hombres; reforzó sus tropas con contingentes vándalos venidos de Cerdeña y se dirigió contra la ciudad. Cortó el suministro de agua y acampó en Tricamerón, a 27 kilómetros de Cartago. Allí fue a buscarle Belisario el 15 de diciembre, derrotándole de manera contundente. Gelimer se entregó y las provincias del norte de África que habían sido romanas, así como Córcega, Cerdeña y Baleares, pasaron a engrosar las posesiones de Justiniano.

En 534, de vuelta en Constantinopla, Belisario fue honrado con un "triunfo", como los viejos héroes romanos y recibió el nombramiento de Cónsul Único. Justiniano, ahora con sus arcas repletas con el tesoro que los vándalos habían acumulado durante muchos años de pillaje, continuó con su "recuperatio" y concibió ahora la idea de recuperar la mismísima Roma, en manos de los ostrogodos. ¿Y a quién encargó la ardua misión?  A Belisario, naturalmente.

En 535, el general se embarcaba con sus 15.000 hombres y como paso previo a la invasión de Italia, paró en Sicilia, que conquistaba en relativamente poco tiempo; y con las espaldas cubiertas, en la primavera de 536 pasaba a Italia, desembarcando en Regium


Avanzó hasta Nápoles, que cayó en veinte días. Dejó una guarnición y con 10.000 hombres se dirigió a sitiar Roma. Los ostrogodos, ante el avance romano, reorganizaron sus fuerzas, destronaron al inútil rey Teodato y en su lugar nombraron a Vitiges, que desde Rávena comenzó a enrolar un ejército para hacer frente a Belisario; pero antes de que que Vitiges estuviese listo, en diciembre de 536, le llegó la noticia de que Belisario había entrado en Roma.

Los bizantinos reforzaron las defensas de Roma en previsión de un ataque ostrogodo. Y efectivamente, Vitiges se presentó ante la ciudad con un ejército de 20.000 hombres. Belisario, con la mitad de efectivos, no podía abandonar Roma para entablar batalla. Mientras esperaba refuerzos, sólo pudo emprender pequeñas acciones de acoso contra los campamentos ostrogodos que rodeaban la ciudad.


Los alimentos comenzaban a escasear y el descontento de la población civil crecía. Belisario llegó a temer que se abrieran las puertas de la ciudad a los ostrogodos, y colocó en los puestos principales a hombres de su confianza. Cuando parecía que la ciudad debería entregarse por hambre, en marzo de 538, llegó por fin un refuerzo de 5000 infantes y 2000 jinetes al mando de Juan el Sanguinario. Los refuerzos traían consigo víveres, con los que se alimentó al pueblo, y la ciudad se mantuvo en calma.

Al tener noticia de estos acontecimientos, Vitiges intentó un asalto que fracasó; después levantó el asedio y regresó a su capital, Rávena. Belisario entonces, emprendió la conquista del Norte, tomando una tras otra las ciudades en poder de los ostrogodos, y por fin, a principios de 540, sitiaba Rávena.

Mientras Belisario sitiaba Rávena, llegó a Italia un nuevo ejército bizantino al mando de Narsés; era éste un armenio eunuco que tras ganar la confianza del Emperador, había alcanzado el nombramiento de Gran Chambelán. Belisario le ordenó reforzar el asedio, pero el eunuco se negó por considerar que sólo recibía órdenes del emperador. Belisario vio muy claro que la presencia de Narsés no tenía más objeto que espiar sus acciones para informar a Justiniano, que ya empezaba a recelar de él. La situación entre ambos generales se hizo incómoda y Narsés al poco, regresó a Constantinopla.


Vitiges había solicitado negociaciones para rendir Rávena, pero según la versión que Narsés comunicó a Justiniano, la rendición sería ante Belisario, no ante el emperador. Justiniano montó en cólera y mandó sus propios emisarios ante Vitiges para intentar llegar a un acuerdo "puenteando" a Belisario. El acuerdo consistía en que se le cediese el sur de Italia, y que los ostrogodos conservasen el norte. Belisario ignoró este intento de acuerdo, estrechó el asedio, y el mismo año de 540 conseguía la entrega de Rávena. 


A partir de este momento, el emperador, que ya hacía tiempo estaba celoso de los triunfos de su general, comenzó a desconfiar seriamente de él. Temía que aprovechando sus éxitos militares y su popularidad entre el pueblo, pudiese conspirar para arrebatarle el trono. Sus temores eran injustos; pero desde entonces, dejó de apoyar convenientemente a Belisario; las acciones militares de éste se realizarían desde entonces, con una precariedad de medios que sólo puede dar una miserable imagen de Justiniano, presentándole como desagradecido y receloso.



En 540, con la mayor parte de Italia conquistada, Belisario regresó a Constantinopla con el rey Vitiges encadenado, un gran tesoro en oro y plata y 7000 ostrogodos que se habían enrolado en su ejército. Pero fue el recibimiento más frío que había recibido nunca. Posiblemente en ese momento, Justiniano hubiese prescindido de él, pero entonces, los sasánidas viendo los problemas de Justiniano en Occidente, decidieron acabar con la "Paz Eterna". Sin previo aviso, cercaron Antioquía y pidieron media tonelada de oro por levantar el sitio; como su oferta se rechazó, tomaron y saquearon la ciudad. En 541, Belisario era enviado a Siria al mando de las operaciones militares para enfrentarse de nuevo a los persas.

Durante 541 y 542 trató de evitar los avances de Cosroes I, el rey sasánida del momento; pero tras breves e infructuosas acciones, con un ejército insuficiente y mal pertrechado, se vio obligado a firmar una nueva tregua con los persas. Durante cinco años no habría ataques a territorio romano, a cambio de 5.000 libras de oro.

Mientras tanto, en Italia todo había cambiado. Los ostrogodos habían elegido a un nuevo rey guerrero, Totila, y habían empezado a reconquistar sus perdidas posesiones.  Así que Justiniano, a regañadientes, en 544 tuvo que enviar de nuevo a Italia a Belisario. Pero le envió con unos efectivos tan escasos, que el general tuvo que contratar mercenarios en Tracia con su propio dinero y unirlos a su guardia personal para intentar frenar a Totila.


Entre 544 y 548, Belisario y su ejército, sin recibir refuerzos ni avituallamientos, ni ningún tipo de ayuda por parte del emperador, anduvieron de un lado para otro, rechazando los continuos ataques de los ostrogodos. En 546, Roma estaba sitiada por Totila. Las órdenes que Belisario impartió para evitar su toma, no fueron cumplidas y la ciudad cayó.


Más tarde, Totila, dejando Roma con una guarnición, se dirigió al Sur para enfrentarse a las tropas de Juan el Sanguinario. Ese momento fue aprovechado por Belisario, que con su escaso ejército, recuperó la ciudad el 1 de enero de 547.


Totila regresó enfurecido para intentar retomar Roma. Belisario se quedaba sin tropas, no recibía refuerzos, se acababan los suministros y las enfermedades se extendían. Por fin, frustrado, decidió abandonar Roma únicamente con 200 infantes y 700 jinetes. Intentaba unirse a las tropas de Juan el Sanguinario, cuando se enteró de que el ejército de éste se había disgregado. Nueva petición de refuerzos y nueva negativa, argumentando el emperador que la presencia de hunos y eslavos en el norte, no le permitían deshacerse de efectivos. Poco después, Justiniano mandó a Italia a Narsés retirando a Belisario del mando. Narsés sí conseguiría acabar (en 552) con la amenaza ostrogoda y conquistar Italia; pero es que Narsés tuvo a su disposición hombres y dinero sin límite, enviados por Justiniano que ahora no reparó en gastos. 

Lo anterior no quiere decir que Narsés fuera un mal general, de ninguna manera. Sería eunuco, pero era también un cerebro privilegiado y un estratega genial. El que sale malparado del estudio de los hechos es de nuevo, el propio emperador, que si bien es cierto que compiló el Derecho Romano y mandó construir Santa Sofía, también lo es que se revela como un hombre desagradecido, injustamente celoso y miserable, que no fue capaz de apoyar, valorar y premiar en su justa medida al hacedor de sus principales victorias militares: Belisario.

El general volvía en 548 a Constantinopla, por primera vez sin haber obtenido la victoria. Se le otorgaron varios títulos rimbombantes pero vacíos de poder real, y desengañado, se retiró a la vida civil.

Años después, en 559, una gran mezcolanza de tribus eslavas cruzaba el Danubio y ponía cerco a Constantinopla. Los ejércitos bizantinos estaban en Italia, en África, en España (a donde habían llegado en 554 a petición del rey visigodo Atanagildo para apoyarle contra un pretendiente al trono), pero ninguno de ellos en las cercanías de Constantinopla. Justiniano, aterrorizado, tuvo que llamar de nuevo a Belisario. 


Éste, una vez más, salvó la situación.  Contando con veteranos que habían servido a sus órdenes, con la Guardia Real y movilizando a los ciudadanos de Constantinopla, consiguió romper el cerco y expulsar a los eslavos. Y una vez más, Justiniano le dio una palmadita en la espalda y le dijo (más o menos), "muy bien hecho, nos vemos". 


Y Belisario volvió a su retiro. Ni allí le dejaron tranquilo. En 563 se producía en la corte contantinopolitana una conspiración contra Justiniano en la que estaban implicados algunos familiares de Belisario. Sometidos a tortura, salió a relucir su nombre y fue llamado a declarar. Acusado por el que había sido su secretario, Procopio de Cesarea y con el propio Justiniano demandando su condena (aún no le había perdonado los temores que le había hecho engendrar), Belisario fue condenado. A un hombre público de su trayectoria no le podían condenar a muerte; pero le confiscaron todas sus posesiones y fue puesto bajo arresto domiciliario "sine die".


 Sin embargo, la indignación popular crecía ante lo que se consideraba injusta condena de un gran general. El pueblo no olvidaba que pocos años antes este hombre les había salvado del desastre. Aparecían pintadas en las paredes insultando a Justiniano, y se formaban corrillos por las plazas. Ante el riesgo de otra revuelta como la de "Niké" y sin Belisario ahora para acabar con ella; Justiniano le perdonó. "Magnánimamente montó el espectáculo de perdonarle", dice irónicamente Isaac Asimov. Le fueron devueltas sus posesiones y el favor imperial. Y en marzo de 565, Belisario moría tranquilamente durante el sueño.

En noviembre del mismo año, le seguía a la tumba su amigo-enemigo-emperador Justiniano. Y su muerte, según dicen, se produjo entre alaridos de terror y dolores producidos por la gangrena. Alguien al fin, había hecho justicia.   


La "Recuperatio Imperii" se había cumplido en gran parte. Se había barrido a los vándalos del Norte de África y a los ostrogodos de Italia; se había recuperado un tercio de Hispania frente a los visigodos (aunque a esto último fuese ajeno Belisario) y se había mantenido a los sasánidas fuera del "limes" romano. Se dice que la conjunción de Justiniano y Belisario consiguió aumentar los territorios bizantinos en un 45%. No era poco.

Pero sería el último momento glorioso de Bizancio, que en menos de cien años vería sus dominios limitados a Asia Menor, la península de los Balcanes y partes del sur de Italia, debido a las invasiones eslavas e islámicas. Comenzaba la larga agonía del Imperio Romano de Oriente, que con unos territorios cada vez más escasos, logró subsistir hasta 1453, cuando las hordas turcas de Mahomet III acababan para siempre con la Constantinopla bizantina convirtiéndola en Estambul. 

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Aunque es una película que falsea como pocas los hechos históricos en que se basa, para disfrutar la época de Belisario en plan cinéfilo, tenemos "La Invasión de los Bárbaros", originalmente "Kamf Um Rom" (="Lucha por Roma"), producción alemana dirigida por Robert Siodmak en 1968.

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En literatura, la novela "Teodora, Emperatriz de Bizancio", de Gillian Bradshaw, da una amplia imagen del gobierno de Justiniano, basándose en una fabulación muy entretenida sobre los hechos de su esposa, Teodora.  

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Las figuras, de West Wind, 28mm